U n aspecto determinante al momento de aventurarse a establecer una sintaxis visual es indiscutiblemente la cultura y la mecánica de decodificación de los códigos más utilizados en los procesos de comunicación.
En nuestra cultura occidental, la forma de leer un mensaje lingüístico se da en la mecánica de decodificar desde arriba hacia abajo y de izquierda a derecha. Basado en esta lógica los autores Kress – Van Leeuwen citado por Van Dijk (2000), proponen una estructura simple que agrupa conceptos básicos que se extraen de forma tácita al momento de decodificar un mensaje gráfico. Esta matriz (Villasante, 2006) es una estructura organizativa referida a conceptos definidos por la ubicación espacial del contenidos en mensajes biplanos.
Desde esta perspectiva, y desde un punto de vista semántico, describiremos los conceptos que se asignan a las cuatro zonas:
Real. Lo real es una situación, objeto o circunstancia indiscutible. A primera vista es algo que no necesita el más mínimo cuestionamiento, siendo compartido por todos. Sin embargo, la realidad puede variar según la información y valorización de ésta, creándose situaciones complejas de comunicación. Pese a esto, y dentro de premisas culturales, podemos entender este aspecto como un “consenso” o “mito”. Acá lo interesante no es lo “verdadero” sino lo “creíble” en términos valóricos de las cosas. “Real” va a ser entonces todas aquellas cosas o situaciones que nosotros consideremos como verosímiles, desde una perspectiva cultural y política.
Ideal. La segunda zona vertical denominada “ideal” tiene que ver con un espacio privilegiado y hegemónico por sobre el anterior. Acá explícitamente se expone una “superioridad” que se relaciona con “lo soñado” por todos. La valoración de las cosas y situaciones que crea la denominada “visión de mundo” siendo aprendidas y manejadas, a nuestro juicio, “míticamente”. Se nos dice que es lo ideal y se nos educa en función a mantener dichas ideas.
Dado. Esta zona nos sitúa temporalmente dentro de un mensaje gráfico, ordenando la información cronológica y jerárquicamente. Lo “dado” es lo que se tiene, es el aquí y ahora, es una cosa o situación ya manejada.
Nuevo. La contraparte espacial del concepto anterior, lo “nuevo” es lo que no es pero promete serlo, es lo que viene, o lo que pudiera venir. Se puede entender de dos formas. La primera, de manera cronológica, vale decir, lo nuevo en función a lo que viene en el tiempo. La segunda forma de entender lo “nuevo” es en lo material directamente.
El ser humano es por esencia un animal tridimensional y como tal maneja tres direcciones básicas de movilidad social, situándose a lo ancho, a lo alto dentro de una profundidad dada. Por esto, la orientación y la movilidad física, ha sido sumamente importante en el desarrollo personal y en la asignación de significado de su espacio vital.
En este sentido, la “cartografía” que nace justamente de la necesidad de organización, propias del hombre asentado, nos da una noción al respecto.
“La Cartografía tiene su origen en los primeros pueblos sedentarios, los cuales necesitaron conocer el espacio que los rodeaba y con ello resolver los problemas que su hábitat les presentaba como: el uso y aprovechamiento de los recursos naturales, la defensa territorial, los cambios climatológicos, etc. Por estas razones, se originó la necesidad de conservar el recuerdo de los lugares, de su situación y la de sus relaciones, por medio de imágenes materiales llamadas mapas” (Turco, 1968: 5)
Al ser representaciones de mundo, los mapas son por definición “autoreferentes”, al menos en sus orígenes.
“Los mapas fueron entre los documentos conocidos sobre el origen de la cultura humana, los primeros en recoger noticias acerca del mundo habitado y en ellos se comenzó a escribirse la historia de la Tierra.” (Turco, 1968: 5)
Al no conocerse otras realidades, es el contexto inmediato quien regula y crea la referencia para otras realidades. Esto es interesente en el sentido de la valorización inicial de las zonas de significación. Si se parte de un lugar y se representa icónicamente, será éste quien le de sentido a los otros lugares, sentándose así una suerte de “hegemonía de la representatividad”. El fenómeno “otredad” parece tener sus bases en estas formas de graficar el mundo y la vida; “yo estoy aquí tu estás allá,” “yo soy esto, tu eres lo otro”.
“Algunos estudiosos consideran que los mapas precedieron a la escritura, como se deduce del hecho comprobado por exploradores y viajeros, de que varios pueblos primitivos que no llegaron a emplear ni conocer la escritura fueron muy hábiles en el trazado de mapas”. (Raisz, 1953: 11)
Si damos fe de que algunos pueblos, como plantea Raisz, que no conocieron ni manejaron la escritura pero si la representatividad del mundo inmediato y conceptual a través de mapas, nos daremos cuenta que es de gran importancia conocer sus formas de represtación para poder extraer ideas acerca de cómo veían justamente el mundo que los rodeaba.
Centrándonos en la representación “global” del planeta, son muchos las instancias en los cuales se ha buscado representar la realidad y orden “natural” de nuestro mundo. Y son obviamente hasta después del descubrimiento de Colón, las primeras representaciones que han graficado el mundo como lo conocemos ahora, con un orden impuesto y pocas veces cuestionado.
Bajo esta premisa, una de las representaciones más antigua y vigente es la denominada “rosa de los vientos” la cual representa las direcciones posibles en un plano cartesiano. Esta represtación bidimensional se limita a trazar los espacios en dos dimensiones, formando simbólicamente cuatro estadios de orientación espacial. Hablamos de un símbolo que muestra la disposición referencial dentro de un mapa con los sabidos “puntos cardinales”; Norte, Sur, Este y Oeste.
Si nos centramos en la palabra “cardinal” nos llevará al término “cardo”, dentro del contexto urbanístico de la antigua Roma, la cual denominada justamente de esa manera a una calle principal que se configuraba de norte a sur y el “decumanus” que corría con dirección este-oeste. Esta configuración de calles principales, trazaban las ciudades en cuadrados que organizaban los espacios en zonas isométricas. El cardo era entonces la principal calle dentro de una configuración ortogonal, donde se ubicaban los primordiales puntos y lugares de la ciudad, atribuyéndole un sentido de importancia (“Norte”). Este trazado y distribución, que se replicó en varias ciudades del mundo, impuso el sentido y orden atribuido al contexto físico, creando “simbolismos espaciales” heredados culturalmente. Latinoamérica, por ejemplo, adoptó el diagrama espacial urbanístico (trazado de damero) manteniendo el orden y consigo la significación espacial europea.
“un espacio simbólico urbano será aquel elemento de una determinada estructura urbana, entendida como una categoría social, que identifica a un determinado grupo asociado a este entorno, capaz de simbolizar alguna o algunas de las dimensiones relevantes de esta categoría, y que permite a los individuos que configuran el grupo percibirse como iguales en tanto en cuanto se identifican con este espacio así como diferentes de otros grupos en base al propio espacio o a las dimensiones categoriales simbolizadas por éste.” (Varela, 1997: 21)
Basado en lo anterior, podemos resumir la construcción social del sentido de los espacios en el siguiente cuadro:
Advertimos en el gráfico que el simbolismo semántico de los espacios se da por aspectos propios de éste. Las cualidades físicas y funcionales de un lugar determinado van a gatillar en su categorización, ya sea positiva o negativamente. Los límites territoriales también van a construir un sentido para cierto grupo de personas. Un límite demarca la “diferencia” social y/o cultural atribuyendo cualidades variadas para quien hace la distinción. Conjunto con esto, se advierte otro aspecto denominado “dimensión temporal” que no es otra cosa que la historia de los lugares en donde se interactúa y se comparte. Un espacio o lugar de un grupo cuyo pasado ancestral o próximo fue de otro colectivo o país determinado, tiene otro significado y valoración. No es lo mismo un territorio históricamente de un grupo que otro ganado o perdido en situaciones bélicas o afines. El espacio ganado o cedido guarda significados diferentes dentro del imaginario colectivo tendiéndose a recordar y representar de forma horizontal. (dominio de lo dado/nuevo)
Recapitulando lo anterior, el sentido de los espacios se da por varios aspectos tales como los límites físicos, los factores históricos, conductuales, psicosociales, etc., prevaleciendo un aspecto de “distingo” que ha marcado la diferencia histórica en la valoración de éstos. Nos referimos a la ubicación de lugares y estamentos valorados a priori positiva o negativamente, los que han hecho evidente una diferencia de carácter diagramático y estructural en la forma de representación visual. El espacio categoriza e identifica grupos sociales y culturales, demarcándolos y valorándolos en zonas que se representan jerárquicamente.
Otro punto importante dentro de la construcción del sentido social de los espacios lo da la “imaginería religiosa” que basa justamente su jerarquía en delimitaciones verticales.
Nuestra cultura, influenciada por relatos hebreo-judíos, basa su explicación religiosa en secciones verticales que juntan el plano de lo “real” (tierra) y lo “ideal” (cielo) conjugando aspectos tangibles y etéreos con una marcada limitación. El Cielo para estas corrientes religiosas es el espacio soñado y meta de todo ser espiritual que se sitúa simbólicamente sobre todo lo mundano. En él se encuentra el Padre (figura de poder) y bajo él el hijo (figura dependiente). La configuración espacial de los altares que manejan estas corrientes religiosas también asumen ubicaciones jerárquicas
La valoración espacial tridimensional, que se proyecta en lo bidimensional de forma analógica, ha sido, a nuestro juicio, replicada y aceptada de manera “natural” por quienes han sido colonizados. No es errado afirmar que el norte es sinónimo de superioridad y que el sur es sinónimo de inferioridad. En este sentido, cuestionamos en forma explícita el orden que ha asumido el planeta y su respectiva representación (mapamundi) ya que el mundo como tal no posee ubicación lógica ni natural en el espacio. Sin embargo esta representación se muestra y se acepta de manera natural.
Lo importante de todo esto, y ya en un plano reflexivo, no es especificar a cabalidad el origen preciso del sentido de los espacios, sino la lógica de funcionamiento que se replican en diferentes sistemas simbólicos culturales como estructura ideológica.